
Y de pronto, el sol quemaba demasiado. El día se volvía demasiado largo y nadie parecía notarlo. ¿O solo ella estaba hipnotizada? La tierra se desmoronaba y en su ingenuidad pensó que su Dios la haría volar cuando ya no tuviese otro sustento a sus pies... y entonces calló. Lo inevitable sucedió. Y mientras sentía el aire girar a su alrededor, deslizándose entre sus cabellos, huyendo tras ella, abandonándola, entonces tuvo miedo. Miedo por todo lo que dejaba atrás, miedo por haber hecho lo incorrecto, miedo por su aldea, su anterior mundo. La oscuridad comenzó a envolverla hasta perder conciencia de su rededor.
Solo una luz logró rescatarla. Alto, caballeroso, majestuoso, invencible. Su Dios apareció nuevamente, tendiéndole una mano, exigiendo nuevamente la devoción perdida. Diciéndole que había pasado la prueba más dura. Prometéndole el futuro glorioso, el día eterno. Comprometéndose a servirle, ya que ella le había servido. Ofreciéndole todos su sueños hechos realidad.
Pero huyó. Su miedo a otra caída fue mayor. Se refugió en la noche, pura y sincera, sin aquel astro que la cegaba en su perfección. Sabía que pronto caería, que no soportaría vivir en medio de la oscuridad. Temía cerrar los ojos, pero más temía la felicidad.
Intentó dar un paso, avanzar aunque no tuviese un propósito. El pié apenas le obedecía. Lo intentó otra vez, con el otro pié. Lentamente emprendía camino. Tropezó con una raíz y cayó al suelo, frío, húmedo. Se acurrucó con dificultad, luchando por mantenerse despierta.
Frío. Hacía frío. Tiritaba abrazándose en la intemperie. Así lo prefería. Ella, sola. Frío... Hacía cada vez más frío...
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