Cartas
"Vamos a jugar un pequeño juego. Elige una carta. Cualquier carta. Si eliges el Jocker... Mueres"
Bebés llorando.
Se despertó sobresaltada. Escuchando con atención, comprobó que probablemente solo eran retazos de sueños lo que la alarmó. De hecho, una vez que reconoció las paredes crema y los muebles de madera oscura se relajó y la adrenalina se vació de sus venas, dejando aquella odiosa sensación de agotamiento extremo.
Mirando el reloj sobre su velador, evaluó si valía la pena volver a dormirse. “Solo serían dos horas. Mejor comienzo temprano el día y llego temprano al senado”, se dijo. Con decisión, se levantó y se dirigió al baño para abrir el grifo del agua caliente y esperar a que se entibiara, mientras se contemplaba al espejo. Frunció el seño mientras observaba las ojeras que parecían no irse desde hace una semana, pero cuando quiso mirarse con más atención se dio cuenta que todo el espejo estaba empañado y los remolinos de vapor le lamían la piel.
Entrando bajo el chorro de agua, cerró por un momento los ojos mientras relajaba el cuerpo. “Solo un día más. Ya estoy cerca de atraparlo. Solo un día más…”
Cadenas deslizándose.
El agua cesó de golpe. El silencio pareció mucho más sofocante que en cualquier otra circunstancia. Su cerebro se empeñaba en reproducir el murmullo de miles de gotas estrellándose contra las baldosas, pero no lograba engañarla. Tras un par de segundos de deliberación, decidió que aún estaba muy cansada, y que se había quedado dormida parada. “No entres en pánico. Contrólate. Solo es paranoia”. Pero no se convencía.
Terminó rápidamente y se vistió. Mientras bajaba a la cocina, repasó mentalmente las distintas tareas que debía realizar. “Preparar el desayuno, dejar a Alexa en el colegio, ir al senado, entregar el informe…”
El trabajar en la cocina nunca le había parecido tan solitario, pero tenía cosas que cumplir y no dejaría que un par de sonidos imaginarios la alteren. El tiempo pasaba volando y dentro de poco se despertaría su hija y el desayuno debía estar listo. Además, aún quería releer el informe… “Rayos, aún no le agrego las últimas averiguaciones”
Cuando la muchacha se levantó en pijama, restregándose los ojos, la mujer sonrió con una alegría que no sentía y le ayudó a vestirse. Luego le dio el habitual cuenco con cereales mientras le peinaba el sedoso pelo.
“¿Hoy me toca pasar el día con papá?”, preguntó la pequeña. “Si, mi amor”
Crujido de tablas.
Por un instante, la madre se quedó estática. “¿Escuchaste eso?” “No mami, ¿Qué cosa?”. Relajo. Solo era su imaginación. Todo estaba bien. “Vamos, que llegamos tarde al colegio”.
Subieron al auto y llegaron en pocos minutos al edificio, en donde la chiquilla salió corriendo a juntarse con sus amigas. Suspirando, puso el automóvil nuevamente en marcha al trabajo. “Sí. Sí. Claro. Ya voy. Estoy a cinco minutos. Sí. Perfecto. Ok. No hay problema, yo me encargo”. Cuando colgó el teléfono, sintió ganas de cerrar los ojos y borrar el mundo durante un segundo. Pero estaba en la autopista, y ya iba con retraso.
Cuando el celular volvió a sonar, respiró profundamente. Esta vez, era un mensaje. No tenía tiempo para leerlo, así que decidió posponerlo.
Respiraciones acalladas.
Concentrándose, pisó el acelerador hasta llegar a su bloque y subió a su oficina en tiempo record. Una enorme pila de papeles la esperaban, pero ella solo tenía interés en un pequeño sobre color pastel escondido en uno de sus cajones. Sabía que estaría allí. Antes de abrirlo, revisó el mensaje. “Rayos. Estoy atrapada”. Sin dejarse vencer, abrió el sobre. Más reclamos. Más encomiendas. Más recordatorios de sus obligaciones. “Un día más. Ya estoy cerca de atraparlo. Un día más…”
Porcelana estrellándose contra el piso.
Adrenalina. Ahora está segura de dos opciones: O se ha vuelto loca, o uno de sus temores se ha hecho realidad. Mantiene apretada la tecla ocho de su celular mientras la marcación rápida conecta la línea. “Me siguen. Estoy segura”. Murmullos que nadie entiende, salvo ella. “Protejan a Alexa. No dejaremos que ganen”
Voces lastimeras opacadas por una oscuridad inexistente.
La línea se corta. No le sorprende. Se sienta en su silla tras el escritorio y respira profundo. Se obliga a serenarse. Sabe que no debe caer en su juego. “Así que esto es a lo que Los Antiguos se enfrentaban”. Inhala. Exhala. Cuenta mentalmente. Espera. Los minutos pasan. Las manecillas del reloj parecen moverse a través de cemento líquido. Repite mentalmente las enseñanzas que aprendió en aquellos refugios vedados a extraños. Diez minutos. Quince. Veinte. Nada sucede.
Se debate entre bajar la guardia o sicotizarse inútilmente. La pila de papeles no disminuye, y en cualquier momento entrará su jefe a ver cómo trabaja. Toma el primero. Apenas logra entender los términos legales. Decide firmar sin saber qué es. ¿Qué más da si se aprueba una ley o no? El mundo logrará recuperarse. Es lo que le han enseñado. El mundo siempre se recupera. Los Antiguos no. La Canción Sin Fin tampoco. Ella es más importante que un par de millones de ciudadanos.
Cadenas.
No debió bajar la guardia. No puede seguir allí. Pero debe permanecer quieta. Debe seguir fingiendo su papel. No puede renunciar así como así. Ese es el trato. Y ella cumple sus juramentos. Se levanta y va al baño. Siente miradas en cada rincón. Siente susurros en cada sombra.
Cuerpos moviéndose.
Cada sonido parece rebotar en su cráneo hasta verse absorbido por un silencio latente. “Todo está en mi cabeza. Mantén la mente fría”. No es fácil, pero se obliga. Sonríe a todos. Mantiene las apariencias. “No te entrenan realmente. Solo te dan la teoría. Se olvidan de la práctica”.
Ya no sabe qué sonido proviene de su interior y cuál de su exterior. Todo se entremezcla. Voces. Su nombre en labios visibles e invisibles. “Concéntrate”. El sol declina. El cielo se tiñe de tonos naranja, rojo, rosado y morado. “Solo un par de horas más. Luego puedes irte a casa y comprobar que todo está bien. Ellos van a protegerla. Al final, todo serán inventos tuyos. Las notas no resuenan en tus oídos, solo en tu imaginación. La Canción Sin Fin no sabe de ti ni de Alexa. Todo está bien. Solo un par de horas más…”
El minutero llega al doce. Las sillas se separan de los escritorios y múltiples puertas se abren y cierran. El senado queda vacío. Ella tampoco está allí. Está en el estacionamiento.
Susurros pidiendo auxilio.
El auto no parte. Aún hay mucha gente a su alrededor. Se baja y pide ayuda. “No hay combustible. El estanque está roto”. “Talvez no es todo invento de mi mente”. No sabe qué es peor. El creer en algo inexistente o que La Canción Sin Fin realmente la hayan elegido como presa. “Si quieres, te puedo encaminar. Paso cerca de tu casa, solo tienes que caminar un par de cuadras”. Hubiera preferido rogar que la dejasen en la puerta de su hogar. Que entrase con ella a prender todas las luces y encontrar a su pequeña. Pero no podía. Los Antiguos no se lo perdonarían. El anonimato era esencial.
Acepta.
Golpes acompañados de gritos de sufrimiento.
Se alegra de no tener que conducir. Sería catastrófico estar al volante con los nervios que la dominan. El viaje sucede sin incidentes. Fuerza una sonrisa y se despide. “Hasta mañana”. “Eso espero”, piensa. Comienza a caminar. ¿Por qué los faroles de la calle están en tan mal estado? No lo recordaba así. Aunque, a decir verdad, daba lo mismo.
Pasos apresurados, carreras fugaces.
Se gira. No hay nada. Está segura de haber visto una sombra desvanecerse. Mete la mano al bolsillo y aferra su daga. “Serénate. Para esto has nacido”. Se agacha ligeramente. Cambia su peso de gravedad. La adrenalina vuelve a martillarle las venas. Se desvía de su rumbo. No permitirá convertirse en el ratón. Ella es el gato. Los Antiguos desde siempre fueron los gatos. Un miembro de La Canción Sin Fin no cambiará los papeles. Nunca sucederá. Salvo…
Cadenas. Candados cerrándose. Gritos de auxilio. Amenazas de almas envenenadas.
Camina entre las paredes del callejón. Intenta no tocarlas por miedo a lo que pueda haber allí. Los adoquines son irregulares y están resbaladizos por la humedad y mugre. Apenas se filtra luz por una que otra ventana destruida de las viviendas olvidadas.
Gemidos.
“¡Basta!” Los ruidos cesan. Dos pasos más y se encuentra con un hombre sentado contra la pared que finaliza el camino. El hombre es harapiento, sus dedos se hallan magullados. Sostiene un viejo mazo de cartas amarillentas. “Solo es un vagabundo”. Se da la vuelta para irse. Maldice por ser tan paranoica. “¿Cómo? ¿Te vas así no más? ¿Ni siquiera vas a jugar?”
Se queda estática. Al darse la vuelta, el hombre la está mirando. “Rookwood”, alcanza a pensar antes de verlo desaparecer ante sus ojos. El pánico lucha contra su entrenamiento. No se debe dejar vencer. No.
Quiere darse la vuelta, pero es muy tarde. Antes de lograr moverse, siente la aguja entrando en su nuca, penetrando entre las vértebras directo a la médula.
“Que fácil”, se dijo. “Aunque nunca es muy difícil”. Las cadenas son pesadas. Las asegura bien. Nunca se permite fallos. Nunca. Ni siquiera cuando comenzó. Sus padres eran unos ingenuos. Solo por pertenecer a Los Antiguos, creían que nada les podía afectar. “Tú eres más importante que el resto”, repitió con ironía. El famoso lema de Los Antiguos. Su excusa para hacer cualquier cosa. Bueno, no es que le hubiese ido muy bien a sus padres.
Sale de la sala. Entra, deja cosas y vuelve a salir. Clic. Clic. Clic. Ajusta todos los detalles. La mujer murmura en sueños. Ya está cerca de despertarse. Hace aparecer el mazo de cartas en sus manos. Ya todo está listo. Las luces se atenúan al punto de apenas dejar ver a Rookwood con su presa frente a él, atada a un disco de madera. “Despierta”. Chasquea los dedos. Los ojos frente a él se abren aterrorizados.
“Eres tú”. No se digna a responderle. Es una afirmación demasiado estúpida. ¿Quién más va a ser? “Es por que te investigaba, ¿Cierto?”. Ah, tema importante. “Sí. Y porque nunca está de más destruirlos”
No tiene problema en conversar con ella. Sabe que tarde o temprano llegará el satisfactorio final. “Vamos a jugar un pequeño juego. Elige una carta. Cualquier carta. Si eliges el Jocker… Mueres”. Mezcló el mazo, teniendo cuidado de que viese todos los naipes. Luego lanzó las cartas al aire, y estas quedaron flotando alrededor de la rueda, de forma que no podía verlas.
No era cualquier mazo de cartas. Lo tenía desde los seis años, cuando se comenzó a interesar por la magia. Si había alguien más hábil que él con los naipes, no lo conocía ni él ni nadie que lo hubiese visto alguna vez. Había sido un par de años antes de descubrir el gran secreto de sus padres. Sí, antes de romper las reglas y entrar en la habitación prohibida, para encontrar todos aquellos papeles, todos aquellos documentos e investigaciones sobre una tal Canción Sin Fin.
“Si sacas un corazón, te toca la pera. Si sacas pick, te tocan las astillas. Si sacas diamante, te tocan las dagas. Si sacas trébol, te toca el hilo y la aguja”. Y le dio vuelta a la rueda. “Cinco, cuatro, tres, dos, uno…”. No eligió carta. Sonriendo, él eligió una al azar. “Tres de diamante”, anunció.
La mujer tembló cuando él sacó una daga. Estaba al rojo vivo. Pero el metal no la tocó, sino que el hombre se dio la vuelta hacia una esquina.
Recién en ese momento, la mujer se dio cuenta del bulto que estaba encadenado a la pared. “¿Dónde prefieres que le corte?” “Quién es” “Primero responde. ¿Y por qué te preocupa quién es? ¿No te daba lo mismo el resto? Tú eres más importante…”. Cuando golpeó el bulto, este gimió y pareció despertar. El cuchillo se apoyó sobre un brazo, y de inmediato los gritos se hicieron presentes. El olor a carne quemada fue horrible.
“¡Alexa! Por favor… pare… ¡Alexa!” Pero no paraba. “Vamos, salió un tres y recién llevo uno”. Otras tres dagas fueron a posarse sobre la niña que gritaba y lloraba pidiendo auxilio, llamando a su madre una y otra vez. La carne se quemaba mientras el filo iba dejando una herida limpia por peso propio. “¡Alexa! ¡Alexa! Por favor… haré lo que me pida… por favor…”
Tras un par de minutos, los hierros volvieron a su color normal, pero no fueron retirados. “Cada vez que no elijas tú, elijo yo. Y el castigo lo recibirá ella”. Y la rueda volvió a girar. Esta vez, la mujer eligió con prontitud. Apenas la carta tocó sus dedos, la rueda quedó estática. Aún se escuchaban los gemidos y lamentos de la niña.
“Cuatro de corazón”. El instrumento fue introducido por el ano. La mujer gritó. Rookwood dio una vuelta. Dio otra. Y otras dos más. La sangre comenzó a manar del recto desgarrado. Los sollozos y gemidos de la madre se mezclaban con los de la hija. “Mamá… Mamá… Ayúdame…”
La rueda volvió a girar. “As de trébol”. Amaba el hilo y la aguja. De hecho, había sido una de las primeras armas que se le enseñó, por allí por los diez años cuando tras investigar mucho, logró unirse a La Canción Sin Fin. ¿Cómo sus padres podían preferir Los Antiguos? Él los odiaba. Eran estúpidos. Él, Augustus Rookwood, no. Él buscaría la partitura eterna junto a sus nuevos compañeros. Hallaría lo que muchos llamaron Piedra Filosofal, Elixir de la Vida, Fuente de la Juventud, El Dorado… Hallaría aquello que se buscó en vano en la sangre y que se profetizó en los antiguos manuscritos sagrados.
Cuando se separó, el párpado derecho estaba cosido a la ceja. La rueda giró. “Ocho de diamante”. Las dagas naranjas fueron sujetas a sus brazos. Cuatro en cada extremidad. El olor a carne quemada se metía en la nariz de la senadora. El dolor era imposible. Alexa lloraba. Ella gritaba. Suplicaba. “¿Cómo la encontraste?”, preguntaba insistentemente. No obtenía respuesta. “Se suponía que Los Antiguos la protegerían, que la llevarían al refugio… Nadie nunca ha podido penetrar los muros”.
La única respuesta que obtuvo fue girar nuevamente. No quería escoger. Las dagas le quemaban y cortaban, la pera le presionaba de manera dolorosa y desagradable por dentro. Las lágrimas se aglomeraban en sus ojos mientras intentaban que su ojo no se secase. “Cinco, cuatro, tres, dos, uno…”. Intentó coger una carta antes de que terminara la cuenta regresiva. No lo logró. “Cinco de corazón”
“¡No! Por favor… házmelo a mí… no a ella… por favor… ¡Alexa! ¡¡¡ALEXA!!!”. La desesperación le aceleraba el corazón. Rookwood se acercaba con otra pera a su hija. Debía pararlo, pero a cada movimiento solo se clavaba más las dagas en la carne. Aún no se enfriaban. El maléfico objeto que tenía en su interior la desgarraba a cada movimiento, a cada contracción. Pero no podía contenerse. Su hija… “¡¡¡ALEXA!!!”
La niña gritaba. Chillaba. Suplicaba por auxilio. La madre solo conseguía hacer sangrar sus muñecas, brazos e interior. Un oscuro líquido comenzó a manchar el suelo. La escasa luz apenas le permitía distinguirlo, pero era suficiente para acongojarla completamente. “¡Monstruo!” Pero no servía de nada. Entre los gritos de desesperación, se lo escuchaba cantar alegremente. “Uno no es ninguno, dos son muy pocos, tres comienza a ser placer, cuatro van cantando y cinco es perfecto para los chicos…”
Las lágrimas le empañaban la vista. No podía mirar. Pero no podía desviar el rostro. La chica aún chillaba y aún la llamaba cuando la rueda volvió a girar. Esta vez eligió rápido. No quería exponer a su hija. No nuevamente. Prefería morir.
“Diez de pick”. El hombre sonrió y se retiró a un rincón para recoger las astillas. Eran otras de sus favoritas. Sus padres habían gritado hermosamente cuando las aplicó a ellos. Los Antiguos les habían encomendado asesinarlo con solo quince años. Él se había defendido de maravilla. Quien no le creyese, podía ir a ver los señores Rookwood al cementerio.
La primera astilla entró bajo la uña del meñique izquierdo, arrancándole un grito de dolor. Automáticamente, retiró la mano lo más que podía, pero esto solo generó un golpe que le quebró más de un hueso. “Quédate quieta, o recibirás doble castigo”, y añadió; “Tu hija no se movía tanto”. Con un grito de rabia e impotencia, sintió cómo la segunda astilla entraba en su anular y luego otra en el dedo medular. Siguió con el resto de los dedos de ambas manos hasta llegar a diez. La rueda giraba. “Dos de corazón”. Se abría aún más la pera. La sangre que perdía por las hemorragias la agotaban. Sentía cómo la pérdida de sangre ele afectaba. Pero no podía darse por vencida. Su hija la necesitaba.
“¿Cómo nos encontraste?” “No fue difícil”. La rueda giraba. “Seis de trébol”. Seis puntos en el ojo izquierdo. “Nadie nos había encontrado. ¿Quién te dijo?” “Nadie”. Volvía a girar. “Jamás habían buscado en las faldas del Scafell”. Seleccionaba un Keiser de diamante. “Las montañas nunca fueron un buen escondite, pero ustedes no lo comprendían. Hace tiempo los espiamos”. Las dagas fueron colocadas en su torso. Chilló de dolor. Las lágrimas la inundaban de solo escuchar cómo su hija la llamaba. Una de las dagas atravesó su abdomen, quemándola por dentro, cortando y cicatrizando a la vez.
“Si muero, ¿La dejarás ir?”. No había respuesta. No quería pensar en lo peor. “Yo nunca miento”. Giraba. Corazones, tréboles, picas y diamantes. Su cuerpo no resistía. Estaba al borde del colapso. Varias de las dagas habían sido retiradas reiteradamente para calentarse y volver a profundizar la misma herida. Ya había perdido la cuenta de cuantas vueltas le había dado a la pera, pero estaba segura que ya no existía pared intestinal. Apenas podía mover las manos del dolor de las uñas, sus ojos estaban completamente resecos y su boca se hallaba semi sellada. Hace tiempo que se había resignado a escuchar a Rookwood. Alexa no había dejado de llorar ni llamarla en ningún momento.
Cada vez habían menos cartas a su alrededor. El hombre se acercó a elegir una carta cuando ella falló. La mujer lo miró con súplica y desesperación, tratando en vano de detenerlo.
“Jocker” “¡Alexa! No… por favor… no…” Pero fue en vano. La daga describió un arco fugaz antes de que la cabeza se desprendiera del cuerpo. El grito de desesperación fue aún más horrible al no estar acompañado de los llantos y súplicas de la niña. Los labios se desgarraron al abrirse pasando por alto los puntos que los unían. Las muñecas y tobillos comenzaron a sangrar profusamente al intentar liberarse. Las dagas cortaron la carne. La pera destrozó lo poco y nada que aún quedaba entero en su interior. Las astillas se hundieron aún más hondo. Pero nada importaba. Daba lo mismo si su garganta se desgarraba o si la madera se impregnaba de sangre. Solo importaba Alexa. Solo importaba la niña de ocho años que acababa de perder la vida por culpa de ella. “Tú eres más importante que el resto, ¿Cierto? ¿No es ese su lema?” Se mofó.
En ese momento, se prendió la luz para revelar trozos de trapo que envolvían una muñeca sin cabeza, que miraba burlonamente.
“Alexa… Ella está bien”, suspiró. Ella podía morir, pero su hija sobreviviría. Nada le habían hecho. Nada recordaría. “Todo está bien… todo está…” La sonrisa de Rookwood mientras se acercaba la detuvo. “Ellos ahora lo saben. Saben dónde está… Saben dónde se refugian…”
Y la daga perforó su pecho.