lunes, 30 de agosto de 2010

Espejos


Espejos. Nada más que espejos. Después de esto, seguro que nunca más me acercaría a uno… si es que había un después. No quería volver a ver ese maldito vidrio en mi vida. Pero estaba condenada. Condenada a ver mi reflejo repetirse hacia el infinito, imitando mis movimientos, burlándose de mis cada vez más desesperados intentos por escapar. No me merecía esto, pero nadie me había preguntado si de verdad era lo que quería. Simplemente sucedió, y no lo pude evitar.

Estaba en mi hogar, un apacible refugio en el bosque. Amaba la naturaleza, y más cuando llegaba la época invernal, cuando los árboles quedaban desnudos y el suelo se cubría de nieve. De hecho, me encontraba admirando los frágiles copos que caían, arrastrados por el viento en su caída hacia el blanco colchón que ya habían formado sus hermanos, cuando sentí un golpe en la nuca y todo se oscureció.

Cuando amanecí, me sobresalté al encontrar frente a mí una muchacha, que tenía en su rostro pintada una expresión de sorpresa. Tardé algo así como un minuto en darme cuenta de que me encontraba frente a un espejo, y que la muchacha era mi reflejo. Algo aturdida, me pasé una mano por la nuca, sintiendo una costra bajo mis dedos. De golpe, volvieron a mí los recuerdos, y comprendí que alguien me había secuestrado.

Parándome con cuidado, sentí como mi cabeza daba vueltas y me apoyé en el vidrio para no perder el equilibrio. Cuando el mareo mitigó, me di la vuelta y descubrí que había más de un espejo… de hecho, el lugar en el que me encontraba parecía que ocupaba estos como muros. Dando un paso con cuidado, comprobé que mis fuerzas volvían, y me dispuse a explorar el lugar.

A cada paso que daba, comenzaba a entrar en mí un deseo de escapar, acompañado de la angustia de no saber en donde me encontraba. Todo a mi alrededor -las paredes, el suelo y el techo- eran espejos, y al golpear con los nudillos el sonido me indicó que estos debían ser el recubrimiento de gruesas murallas. Los pasillos eran a veces rectos, otros curvos y otros quebrados, siendo cruzados por otros pasillos. De pronto, me invadió una terrible certeza: me encontraba en un laberinto de espejos.

Comencé a correr desesperada, doblando en cualquier recodo, internándome en uno u otro pasillo al azar, desesperándome al verme atrapada. Y entonces ocurrió. Todo se volvió confuso. Las paredes se movían. Se cerraban tras mí. Se abrían por los costados. Cambiaban de ángulo. Me encarcelaban lentamente. Me guiaban hacia donde querían.

Tropecé. Me levanté presa del pánico. Seguí corriendo. Volví a caer. El espejo casi me aplasta. Logré escabullirme a rastras. Corro a ciegas. De vez en cuando miro hacia atrás. Veo que se abre un pasillo a mi costado. Me interno justo antes de que este se cierre nuevamente. Me paro en seco. Todo está a oscuras. Recién entonces me doy cuenta de que a través de los espejos brillaba luz. Los muros no eran del todo huecos. Un chirrido me distrae. Sigo corriendo a oscuras. No me puedo detener.

Siento como todo cambia a mí alrededor. Tanteo desesperada los muros. Encuentro una salida y me precipito por ella. No entiendo por que no hay luz. Tropiezo. Trato de levantarme pero vuelvo a caer. Estoy condenada. No hay salida. Una brillo. Logro escabullirme hacia él. Se cierra el pasaje por el cual pasé. Y aquí estoy.

Espejos. Nada más que espejos. Estoy condenada. Condenada a ver mi reflejo repetirse hacia el infinito, imitando mis movimientos, burlándose de mí. Me fijo en que mi cara está desfigurada por el terror. Solo entonces me doy cuenta de que los movimientos han cesado. Me permito un respiro. Examino la estancia. Me desoriento en el cuarto, pero me alegro de volver a ver. Inspecciono las paredes. Busco donde están los focos de luz. Busco saber como me iluminan desde fuera. La luz es pareja. No entiendo nada. Golpeo con los nudillos. Todo suena igual. Todo suena macizo. No hay salida. Ahora estoy atrapada.

Me dejo caer. Doy mi vida por acabada. No hay comida. No hay agua. Lloro de impotencia. Me acurruco contra una de las esquinas… y esta cede. Me paro asustada. Miro a mí alrededor. Las paredes vuelven a moverse. Se abre un nuevo pasillo. Dudo un instante. ¿Seguir corriendo como un animal acorralado, cayendo en un círculo vicioso hasta morir de agotamiento, o permanecer en mi lugar, siendo aplastada? Las paredes siguen acercándose. ¿Qué hacer? ¿Morir antes o después?

Espejos. Nada más que espejos. Que linda forma de morir.

domingo, 29 de agosto de 2010

Poema I

.^.
`··´

Cae en cámara lenta
Brilla y cae

Una gota
Es un indicio
Un principio
Un lamento

Brilla y cae
Cae y brilla

Rueda
Se desliza
Deja huella

Cae y brilla
Brilla y cae

No se detiene
Un ojo se cierra
Otra gota cae
Otro indicio
Otro principio
Otro lamento

Brilla y cae
Cae y Brilla

.^.
`··´

sábado, 28 de agosto de 2010

Presentimientos

Cuando hoy en la mañana me desperté, sin motivo alguno una sensación de pánico me llenó, y de inmediato no pude evitar pensar en madre. Hace ya tiempo que no la veía, y en el estado de saludo que la deje la última vez, me sorprendía que mi consciencia no me hubiese carcomido más.

Supongo, que lo adecuado sería contarlo todo desde el principio, pero me resulta demasiado doloroso recordarlo. Sobre todo, porque sé que fue mi culpa. Ya estoy cansado de escuchar una y otra vez que yo no pude hacer nada, porque la verdad es que sí podía hacer algo. Podía hacer mucho. Debí hacer mucho. Debería haber sido yo el que quedase sangrando en la calle, luego de que aquel auto salido de la nada omitiese la luz roja y provocase aquel terrible accidente.

¿Qué paso? Pues que era el cumpleaños de mi hermana Angeline, la pequeña Angeline. Ella, la alegría de la familia, que había nacido cuando ya no creíamos que madre fuese a tener otro hijo. Ella, la pequeña Angeline, la que nació cuando yo tenía veinte años y a la cual crié casi como una hija propia. La más queria de toda la familia. La más hermosa de toda la familia. ¡Ay, que triste y cruel destino que nos gobierna! Aquella debía ser la noche perfecta para ella, y terminó siendo un infierno. Una pesadilla de la cual aún no se si he despertado, y dudo que algún día logre despertar.

Todo parecía perfecto. Angeline, nuestra pequeña Angie, había soplado las quince velitas de su torta de chocolate, su favorita, y había desempaquetado sus numerosos regalos que toda la familia le habíamos traído. Y eran muchos, porque éramos una familia numerosa (mi madre con sus tres hermanos y su hermana, mi padre con sus tres hermanos y dos hermanas, mis cuatro hermanos y mis dos hermanas y todos nuestros primos, que sumaban en total diecinueve y nuestros abuelos y abuelas) y le solíamos hacer más de un regalo. Era nuestra Angie, y la mimábamos con todo lo que teníamos. Recuerdo que le regalé un oso panda de peluche y una pulsera azul, su color favorito, que tenía una piedra con un espiral grabado. Según había leído, el símbolo proporcionaba protección. ¡Ay! Temo que le regalé la pulsera a la persona equivocada. ¿Por qué no hice caso a mi mal presentimiento aquella mañana? Pero no saco nada con autoculparme. Ya no sirve de nada ver los signos que estaban claros como el agua, porque ya había sucedido la desgracia.

Cuando salimos del restorán, nos encontrábamos todos eufóricos por el éxito de la fiesta de nuestra Angie. Habíamos aparcado al otro lado de la calle, y nos disponíamos a cruzar. En el instante mismo en que madre puso un pie en la calle, me llenó nuevamente aquella sensación de pánico que había experimentado aquella mañana. Anonado, solo pude ver cómo ella cruzaba la calle, y en el instante mismo en que se encontraba al medio del paso peatonal, una camioneta negra pasó volando, arrollando a madre y dejándola inconsciente en el suelo, sangrando sin control.

Llamamos a una ambulancia y se llevaron el cuerpo de madre al hospital, donde lograron a duras penas reanimarla. La camioneta la ubicaron poco después, y el conductor fue arrestado por conducir borracho. Ni siquiera le adjuntaron la pena por intento de homicidio. El hecho de que no tuviera consciencia en su estado y que madre no hubiera muerto le salvaban de muchos años de cárcel. Pero eso no significaba que el bastardo no se los merecía. El muy idiota se había ganado una multa y una noche en la comisaría para que se le despejen las neuronas. Y luego, libre cómo un pájaro.

Pero ese no es el tema. Madre fue trasladada luego de un par de horas de la sala de urgencias, y ya habían pasado tres semanas desde el accidente. Estaba recuperándose asombrosamente bien, pero aún le quedaban unas semanas interna antes de darle el alta.

La pobre Angie quedó traumada luego de ver a madre a las puertas de la muerte, entre el filo del aquí y el más allá. No se separó en ningún momento de la cabecera de la cama que le asignaron a madre, y no pasó ni un solo día sin que llorase por lo sucedido. Yo deseaba ayudarla, ya que era su hermano mayor, pero la culpa me impedía acercarme al hospital. Era mi culpa. Lo sabía. Había sabido desde un principio de que algo malo sucedería aquel funesto día, había sabido desde un principio que algo no estaba bien cuando madre puso un pie en la calle para cruzar, lo había sentido desde un comienzo, pero no había sido capaz de impedir que el accidente ocurriese. ¿Cómo dormir con la consciencia tranquila sabiendo que todo había sido mí culpa?

Y ahora, ese maldito sentimiento me volvía a llenar el pecho, haciendo que quisiese correr desesperadamente sin una meta fija. Me levanté de un salto, dispuesto a no cometer nuevamente le mismo error. Se me había avisado antes, pero yo no había hecho caso. Se me avisaba ahora, y no iba a perder mi oportunidad ni permitir que algo malo sucediese nuevamente.

Me puse unos pantalones y una camisa al azar, junto con unas zapatillas que, sin motivo aparente, me hicieron recordar que había sido Angie la que me las había regalado, diciéndome que “Nunca te cansas de correr de un lado al otro. Pareciese que siempre te falta el tiempo”. Y valla que ahora me faltaba el tiempo. Corrí escaleras abajo de mi departamento, ya que el maldito ascensor estaba malo, pero cuando salí a la calle, me invadió la duda. ¿A dónde debía ir? ¿Quién era el que estaba ahora en peligro? Decidí llamar uno a uno a cada miembro de mi familia, rogándoles que hoy no saliesen de casa pues tenía un mal presentimiento. Ellos, como sabían sobre mi anterior premonición sobre el accidente de madre, me aseguraron que se quedarían en donde estaban. Aquello me alivió, hasta que me di cuenta que había una sola persona a la cual no pude ubicar. O mejor dicho, a dos: Angie y madre.

Corrí desesperadamente hacia el hospital, sin tener tiempo de parar siquiera un taxi. Llegué allí en poco tiempo, ya que viví cerca del edificio. Una vez dentro, pregunté por la habitación de madre, ya que al no haberla ido a visitar, no sabía en donde estaba. Corrí escaleras arriba, pues me di cuenta de que el ascensor era muy lento. Cuando llegué a su habitación, abrí de un portazo, y me encontré con la escena que esperaba con todo mi corazón hallar: Angie sentada a la cabecera de madre, hablándole de trivialidades para distraerla. La risa de ambas fue cómo un regalo de Dios, y me precipité sobre ambas, abrazando fuertemente a Angie y luego a madre. No cabía en mí del alivio.

Entre agradecimientos por encontrarlas a salvo, les comenté de mi mal presentimiento, y luego me dispuse a hablar con madre (cosa que debí hacer hace ya mucho tiempo). Todo parecí salir perfecto, y nos pasamos horas hablando y riendo los tres. Cuando le trajeron el almuerzo a madre, Angie y yo decidimos salir de la habitación para dejarla descansar, y ya que ninguno había traído almuerzo, bajamos a la cafetería a comer algo.

Comimos, reímos, y me olvidé de mis temores. Mientras me contaba de cierto enfermero guapetón que andaba por ahí, entre desaprobaciones mías y risas suyas, me fijé de repente en que no llevaba la pulsera que le había regalado. Cuando le pregunté por ella, Angie simplemente me dijo que se la había prestado a madre, pues consideraba que ella la iba a necesitar más. No sé por qué, pero en aquél momento me sentí preocupado. Quería que Angie tuviese la pulsera, pues no quería que nada le pasase. Pero ella tenía razón. Madre la necesitaba más y, después de todo, estábamos en un hospital. ¿Qué nos podría pasar?

Así que cuando terminamos, decidimos subir nuevamente para no dejar a madre sola. Y en el momento mismo de que ambos pusiésemos un pie en las escaleras, el pánico me invadió de nuevo. Aterrorizado, paré a Angie y ambos decidimos subir por el ascensor, pero nuevamente le pánico me dominó. No podíamos subir. Intentamos con otras escaleras, y otros ascensores, pero siempre me entraba el mismo pánico. Al final, Angie se hartó y decidió subir por una escalera al azar. El terror me invadió y le rogué que no siguiese subiendo, al punto de yo mismo arriesgarme e intentar seguirla. Pero ella ya me llevaba la delantera, y cuando yo apenas había alcanzado a subir unos peldaños y ella ya estaba por llegar arriba, el tiempo se paró.

Con dolor recuerdo aquellos instantes, en donde sin poder hacer nada veía como de la nada, un esquizofrénico que estaba hospitalizado y supuestamente sedado se había escapado y, en su desesperación por huir, empujó a Angie a un lado. Ella, perdiendo el equilibrio, rodó por la escalera, mientras en uno de los rebotes el desagradable sonido de un hueso al quebrarse llegaba a mis oídos.

Inmediatamente después, llegaron los médicos atendiendo a mi pequeña Angie que yacía entre mis brazos, bañada por mis amargas lágrimas. Nuevamente, lo había sabido. Nuevamente, lo podría haber evitado. Nuevamente, todo fue mi culpa. Esta vez, no fue madre. Esta vez, fue el ángel que iluminaba mi vida. La pequeña Angeline, la dulce y pequeña Angie, la alegría de la familia, la más querida y consentida de todos.

Ella estaba muerta. Lo supe cuando llegó a mis brazos, en medio de una oleada de desesperación y desazón. Luego supimos que, al caer por las escaleras, se había quebrado el cuello y golpeado en la cabeza, produciendo un derrame cerebral. Nada pudieron hacer los médicos, pues según dijeron, ella murió en el acto. Nuestro único consuelo, era que había sido una muerte sin dolor. Menudo consuelo. Era cómo que te quemaran la casa que aún no habías terminado de pagar y que no tenía seguro y te dijesen que por suerte, aún no había pasado el cartero, y que por lo tanto no se habían quemado también las cartas de aquél día.

¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser yo el responsable de su muerte? Me dijeron que no fue mi culpa, que yo no podía prever que un esquizofrénico que se suponía que estaba sedado y en un estado de casi muerto se escapase y eligiese justo aquellas escaleras para bajar. Que tampoco fue mi culpa el no detener a Angie, pues ella sabía de mi presentimiento y aún así me había desobedecido. ¿Y si hubiésemos tomado otra escalera? Probablemente hubiese sido otro paciente el que se saliese de control y empujase a mi hermana escaleras abajo. ¿Y si hubiésemos subido por un ascensor? Probablemente se hubiese caído o algo así. Sea como sea, ella hubiese muerto. O eso decían. Yo sabía la verdad. Se me había avisado. Todos los signos habían estado allí. Yo había vestido algo que me había regalado madre cuando había ocurrido el accidente, e igual que esta vez, había recordado lo que me había dicho. Y había tenido esa preocupación al ver que Angie no llevaba la pulsera. ¿Por qué me preocuparía si no fuese que ese día, Angie debería haber tenido su pulsera puesta? Y había experimentado el pánico cuando ella pisó esas escaleras, y no la había podido detener.

Todo era mi culpa. Igual que la otra vez, solo que esta vez, había estado preparado. Había estado sobre aviso, porque ya sabía lo que significaban los distintos signos. ¿Y qué había hecho? Ver como Angie subía las escaleras, ver como la pequeña Angie era empujada por el esquizofrénico y rodaba escaleras abajo, hacia su muerte, y sobre todo, tener a Angie en mis brazos mientras la vida le abandonaba. Eso era todo lo que había hecho.

Cuando madre había sufrido el accidente, me pareció que me encontraba inmenso en una pesadilla, de la cual aún no estaba seguro de haber salido, y de la cual no sabía si iba a lograr salir alguna vez. Ahora, que el cuerpo de la pequeña Angie descansaba sin vida entre mis brazos, supe que ya no iba a poder salir de la pesadilla. Porque estaba destinado a cargar con el peso de la muerte de nuestra pequeña Angeline sobre mis hombros. Porque solo yo la había podido detener, y la había dejado caminar hacia su muerte. Y al sostener el cuerpo de la que fue la más alegre de la familia en mis brazos, supe que no sería la última víctima de mis presentimientos. Y que al igual que las primeras dos veces, con madre y Angie, no podría evitarlo a pesar de tener todas las posibilidades.

domingo, 8 de agosto de 2010

Drogadicto...

Las lágrimas corrían por su rostro. No podía evitarlo. Había fallado. Otra vez. Y lo peor de todo, es que no había sido la primera. Y tampoco sería la última. No podía evitarlo.

Aspiró con fuerza, introduciendo la droga en sus pulmones. Enturbiando su mente. No quería pensar. No quería escuchar. No quería vivir. Pero suicidarse no era opción. ¿O sí?

Hazlo -Dijo aquella voz de su mente- Hazlo y le harás un favor a todos.

Volvió a inhalar. En vano trató de que él desapareciese. Lo odiaba. No lo soportaba.

Pero si me odias a mi -Objetó la voz- ¿Qué queda para ti?

Lo odiaba. A él. Y a si mismo. Maldición, él siempre sabía donde lanzar sus pullas. Se encargaba de ser un feliz recordatorio de todos sus errores. No lo soportaba.

¿En serio? ¿Tan mala es mi voz? Pero si yo creía que nos estábamos llevando tan bien...

Fumar. Eso era lo único que lo mantenía lo suficientemente poco lúcido como para no llegar a suicidarse. La voz tenía razón. Quizá suicidarse fuese lo mejor que haría en su vida. Pero no podía. Se había enamorado y la había condenado a ella. Y por más que quisiese, ya no podía pensar en acabar con su vida sin sufrir pensando que la abandonaría. La extrañaría demasiado donde fuera que fuese.

Pero ella no te extrañaría. Tu y yo lo sabemos. No después de lo que hiciste.

Fumar. No imaginaba vivir sin su dosis diaria de droga. El dolor y el arrepentimiento eran mil veces mejores si todo te daba vueltas y pensar es algo demasiado abstracto. Pero no desaparecía. Y él se encargaba de recordárselo. Sus errores. Todo lo que no había hecho. Lo que no había sido. Lo odiaba.

Ya sabes que hacer para que me valla.

Sí. Lo sabía demasiado bien. Pero no iba a hacerlo. ¿O sí?

Hazlo y me iré.

Fumó. Con desesperación. Creía recordar que había que resistirse. Pero pensándolo mejor, ¿Por qué no? ¿Qué podía ser peor que la voz de él? Sin él, podría volver a empezar. Olvidar sus errores pasados. Intentar vivir mejor.

Hazlo.

Su mano se dirigió hacia el cajón de su cómoda. Sabía lo que había allí. Lo había comprado hace tiempo. Se había estado resistiendo. Pero ya no había nada que pudiese empeorar.

Hazlo.

Se trasladó al baño de su pieza. Ya no rodaban las lágrimas. Luego sufriría por su amor. Ahora tenía un asunto que atender. Preparó la heroína. Llenó la jeringa y se la clavó en el brazo. No se preocupaba. Nada podría ir peor. Vació la jeringa en su vena. La droga lo golpeó con fuerza. No estaba preparado. Pero había conseguido lo que quería, ¿No?

La risa de él resonó en su mente. Suave al principio. Luego estrepitosa. Se reía de él. De su estupidez. Y entonces lo comprendió. El engaño. Había caído. Igual que la primera vez. Igual que cuando había empezado con las drogas.

¿De veras crees que te dejaría toda la diversión a ti? ¿De veras creías que el deshacerte de mi te dejaría libre?

Se había dejado engañar. Otra vez. Era un círculo vicioso del que ya no sería capaz de salir. Por que él siempre lograba hacerlo caer.

Y de pronto tuvo la certeza de que él ya tenía todo planeado. Que no había sido el primero en caer. Y desde luego, tampoco el último.

Y mientras la droga lo tomaba rápidamente, supo con certeza de que había fallado. Igual que le falló a ella. Igual que le falló a todos. Igual que seguiría fallando.

Por que era un maldito drogadicto...