viernes, 22 de octubre de 2010

Cartas

Advertencias: Esta es una historia de terror para mayores de 18 años

Jotaká puso un nombre
Madcarrot (una chica de deviantART) puso la imagen y la frase
Mis amigas y amigos pusieron las ideas
Y yo les entrego esto

Cartas

"Vamos a jugar un pequeño juego. Elige una carta. Cualquier carta. Si eliges el Jocker... Mueres"


Bebés llorando.

Se despertó sobresaltada. Escuchando con atención, comprobó que probablemente solo eran retazos de sueños lo que la alarmó. De hecho, una vez que reconoció las paredes crema y los muebles de madera oscura se relajó y la adrenalina se vació de sus venas, dejando aquella odiosa sensación de agotamiento extremo.

Mirando el reloj sobre su velador, evaluó si valía la pena volver a dormirse. “Solo serían dos horas. Mejor comienzo temprano el día y llego temprano al senado”, se dijo. Con decisión, se levantó y se dirigió al baño para abrir el grifo del agua caliente y esperar a que se entibiara, mientras se contemplaba al espejo. Frunció el seño mientras observaba las ojeras que parecían no irse desde hace una semana, pero cuando quiso mirarse con más atención se dio cuenta que todo el espejo estaba empañado y los remolinos de vapor le lamían la piel.

Entrando bajo el chorro de agua, cerró por un momento los ojos mientras relajaba el cuerpo. “Solo un día más. Ya estoy cerca de atraparlo. Solo un día más…”

Cadenas deslizándose.

El agua cesó de golpe. El silencio pareció mucho más sofocante que en cualquier otra circunstancia. Su cerebro se empeñaba en reproducir el murmullo de miles de gotas estrellándose contra las baldosas, pero no lograba engañarla. Tras un par de segundos de deliberación, decidió que aún estaba muy cansada, y que se había quedado dormida parada. “No entres en pánico. Contrólate. Solo es paranoia”. Pero no se convencía.

Terminó rápidamente y se vistió. Mientras bajaba a la cocina, repasó mentalmente las distintas tareas que debía realizar. “Preparar el desayuno, dejar a Alexa en el colegio, ir al senado, entregar el informe…”

El trabajar en la cocina nunca le había parecido tan solitario, pero tenía cosas que cumplir y no dejaría que un par de sonidos imaginarios la alteren. El tiempo pasaba volando y dentro de poco se despertaría su hija y el desayuno debía estar listo. Además, aún quería releer el informe… “Rayos, aún no le agrego las últimas averiguaciones”

Cuando la muchacha se levantó en pijama, restregándose los ojos, la mujer sonrió con una alegría que no sentía y le ayudó a vestirse. Luego le dio el habitual cuenco con cereales mientras le peinaba el sedoso pelo.

“¿Hoy me toca pasar el día con papá?”, preguntó la pequeña. “Si, mi amor”

Crujido de tablas.

Por un instante, la madre se quedó estática. “¿Escuchaste eso?” “No mami, ¿Qué cosa?”. Relajo. Solo era su imaginación. Todo estaba bien. “Vamos, que llegamos tarde al colegio”.

Subieron al auto y llegaron en pocos minutos al edificio, en donde la chiquilla salió corriendo a juntarse con sus amigas. Suspirando, puso el automóvil nuevamente en marcha al trabajo. “Sí. Sí. Claro. Ya voy. Estoy a cinco minutos. Sí. Perfecto. Ok. No hay problema, yo me encargo”. Cuando colgó el teléfono, sintió ganas de cerrar los ojos y borrar el mundo durante un segundo. Pero estaba en la autopista, y ya iba con retraso.

Cuando el celular volvió a sonar, respiró profundamente. Esta vez, era un mensaje. No tenía tiempo para leerlo, así que decidió posponerlo.

Respiraciones acalladas.

Concentrándose, pisó el acelerador hasta llegar a su bloque y subió a su oficina en tiempo record. Una enorme pila de papeles la esperaban, pero ella solo tenía interés en un pequeño sobre color pastel escondido en uno de sus cajones. Sabía que estaría allí. Antes de abrirlo, revisó el mensaje. “Rayos. Estoy atrapada”. Sin dejarse vencer, abrió el sobre. Más reclamos. Más encomiendas. Más recordatorios de sus obligaciones. “Un día más. Ya estoy cerca de atraparlo. Un día más…”

Porcelana estrellándose contra el piso.

Adrenalina. Ahora está segura de dos opciones: O se ha vuelto loca, o uno de sus temores se ha hecho realidad. Mantiene apretada la tecla ocho de su celular mientras la marcación rápida conecta la línea. “Me siguen. Estoy segura”. Murmullos que nadie entiende, salvo ella. “Protejan a Alexa. No dejaremos que ganen”

Voces lastimeras opacadas por una oscuridad inexistente.

La línea se corta. No le sorprende. Se sienta en su silla tras el escritorio y respira profundo. Se obliga a serenarse. Sabe que no debe caer en su juego. “Así que esto es a lo que Los Antiguos se enfrentaban”. Inhala. Exhala. Cuenta mentalmente. Espera. Los minutos pasan. Las manecillas del reloj parecen moverse a través de cemento líquido. Repite mentalmente las enseñanzas que aprendió en aquellos refugios vedados a extraños. Diez minutos. Quince. Veinte. Nada sucede.

Se debate entre bajar la guardia o sicotizarse inútilmente. La pila de papeles no disminuye, y en cualquier momento entrará su jefe a ver cómo trabaja. Toma el primero. Apenas logra entender los términos legales. Decide firmar sin saber qué es. ¿Qué más da si se aprueba una ley o no? El mundo logrará recuperarse. Es lo que le han enseñado. El mundo siempre se recupera. Los Antiguos no. La Canción Sin Fin tampoco. Ella es más importante que un par de millones de ciudadanos.

Cadenas.

No debió bajar la guardia. No puede seguir allí. Pero debe permanecer quieta. Debe seguir fingiendo su papel. No puede renunciar así como así. Ese es el trato. Y ella cumple sus juramentos. Se levanta y va al baño. Siente miradas en cada rincón. Siente susurros en cada sombra.

Cuerpos moviéndose.

Cada sonido parece rebotar en su cráneo hasta verse absorbido por un silencio latente. “Todo está en mi cabeza. Mantén la mente fría”. No es fácil, pero se obliga. Sonríe a todos. Mantiene las apariencias. “No te entrenan realmente. Solo te dan la teoría. Se olvidan de la práctica”.

Ya no sabe qué sonido proviene de su interior y cuál de su exterior. Todo se entremezcla. Voces. Su nombre en labios visibles e invisibles. “Concéntrate”. El sol declina. El cielo se tiñe de tonos naranja, rojo, rosado y morado. “Solo un par de horas más. Luego puedes irte a casa y comprobar que todo está bien. Ellos van a protegerla. Al final, todo serán inventos tuyos. Las notas no resuenan en tus oídos, solo en tu imaginación. La Canción Sin Fin no sabe de ti ni de Alexa. Todo está bien. Solo un par de horas más…”

El minutero llega al doce. Las sillas se separan de los escritorios y múltiples puertas se abren y cierran. El senado queda vacío. Ella tampoco está allí. Está en el estacionamiento.

Susurros pidiendo auxilio.

El auto no parte. Aún hay mucha gente a su alrededor. Se baja y pide ayuda. “No hay combustible. El estanque está roto”. “Talvez no es todo invento de mi mente”. No sabe qué es peor. El creer en algo inexistente o que La Canción Sin Fin realmente la hayan elegido como presa. “Si quieres, te puedo encaminar. Paso cerca de tu casa, solo tienes que caminar un par de cuadras”. Hubiera preferido rogar que la dejasen en la puerta de su hogar. Que entrase con ella a prender todas las luces y encontrar a su pequeña. Pero no podía. Los Antiguos no se lo perdonarían. El anonimato era esencial.

Acepta.

Golpes acompañados de gritos de sufrimiento.

Se alegra de no tener que conducir. Sería catastrófico estar al volante con los nervios que la dominan. El viaje sucede sin incidentes. Fuerza una sonrisa y se despide. “Hasta mañana”. “Eso espero”, piensa. Comienza a caminar. ¿Por qué los faroles de la calle están en tan mal estado? No lo recordaba así. Aunque, a decir verdad, daba lo mismo.

Pasos apresurados, carreras fugaces.

Se gira. No hay nada. Está segura de haber visto una sombra desvanecerse. Mete la mano al bolsillo y aferra su daga. “Serénate. Para esto has nacido”. Se agacha ligeramente. Cambia su peso de gravedad. La adrenalina vuelve a martillarle las venas. Se desvía de su rumbo. No permitirá convertirse en el ratón. Ella es el gato. Los Antiguos desde siempre fueron los gatos. Un miembro de La Canción Sin Fin no cambiará los papeles. Nunca sucederá. Salvo…

Cadenas. Candados cerrándose. Gritos de auxilio. Amenazas de almas envenenadas.

Camina entre las paredes del callejón. Intenta no tocarlas por miedo a lo que pueda haber allí. Los adoquines son irregulares y están resbaladizos por la humedad y mugre. Apenas se filtra luz por una que otra ventana destruida de las viviendas olvidadas.

Gemidos.

“¡Basta!” Los ruidos cesan. Dos pasos más y se encuentra con un hombre sentado contra la pared que finaliza el camino. El hombre es harapiento, sus dedos se hallan magullados. Sostiene un viejo mazo de cartas amarillentas. “Solo es un vagabundo”. Se da la vuelta para irse. Maldice por ser tan paranoica. “¿Cómo? ¿Te vas así no más? ¿Ni siquiera vas a jugar?”

Se queda estática. Al darse la vuelta, el hombre la está mirando. “Rookwood”, alcanza a pensar antes de verlo desaparecer ante sus ojos. El pánico lucha contra su entrenamiento. No se debe dejar vencer. No.

Quiere darse la vuelta, pero es muy tarde. Antes de lograr moverse, siente la aguja entrando en su nuca, penetrando entre las vértebras directo a la médula.


“Que fácil”, se dijo. “Aunque nunca es muy difícil”. Las cadenas son pesadas. Las asegura bien. Nunca se permite fallos. Nunca. Ni siquiera cuando comenzó. Sus padres eran unos ingenuos. Solo por pertenecer a Los Antiguos, creían que nada les podía afectar. “Tú eres más importante que el resto”, repitió con ironía. El famoso lema de Los Antiguos. Su excusa para hacer cualquier cosa. Bueno, no es que le hubiese ido muy bien a sus padres.

Sale de la sala. Entra, deja cosas y vuelve a salir. Clic. Clic. Clic. Ajusta todos los detalles. La mujer murmura en sueños. Ya está cerca de despertarse. Hace aparecer el mazo de cartas en sus manos. Ya todo está listo. Las luces se atenúan al punto de apenas dejar ver a Rookwood con su presa frente a él, atada a un disco de madera. “Despierta”. Chasquea los dedos. Los ojos frente a él se abren aterrorizados.

“Eres tú”. No se digna a responderle. Es una afirmación demasiado estúpida. ¿Quién más va a ser? “Es por que te investigaba, ¿Cierto?”. Ah, tema importante. “Sí. Y porque nunca está de más destruirlos”

No tiene problema en conversar con ella. Sabe que tarde o temprano llegará el satisfactorio final. “Vamos a jugar un pequeño juego. Elige una carta. Cualquier carta. Si eliges el Jocker… Mueres”. Mezcló el mazo, teniendo cuidado de que viese todos los naipes. Luego lanzó las cartas al aire, y estas quedaron flotando alrededor de la rueda, de forma que no podía verlas.

No era cualquier mazo de cartas. Lo tenía desde los seis años, cuando se comenzó a interesar por la magia. Si había alguien más hábil que él con los naipes, no lo conocía ni él ni nadie que lo hubiese visto alguna vez. Había sido un par de años antes de descubrir el gran secreto de sus padres. Sí, antes de romper las reglas y entrar en la habitación prohibida, para encontrar todos aquellos papeles, todos aquellos documentos e investigaciones sobre una tal Canción Sin Fin.

“Si sacas un corazón, te toca la pera. Si sacas pick, te tocan las astillas. Si sacas diamante, te tocan las dagas. Si sacas trébol, te toca el hilo y la aguja”. Y le dio vuelta a la rueda. “Cinco, cuatro, tres, dos, uno…”. No eligió carta. Sonriendo, él eligió una al azar. “Tres de diamante”, anunció.

La mujer tembló cuando él sacó una daga. Estaba al rojo vivo. Pero el metal no la tocó, sino que el hombre se dio la vuelta hacia una esquina.

Recién en ese momento, la mujer se dio cuenta del bulto que estaba encadenado a la pared. “¿Dónde prefieres que le corte?” “Quién es” “Primero responde. ¿Y por qué te preocupa quién es? ¿No te daba lo mismo el resto? Tú eres más importante…”. Cuando golpeó el bulto, este gimió y pareció despertar. El cuchillo se apoyó sobre un brazo, y de inmediato los gritos se hicieron presentes. El olor a carne quemada fue horrible.

“¡Alexa! Por favor… pare… ¡Alexa!” Pero no paraba. “Vamos, salió un tres y recién llevo uno”. Otras tres dagas fueron a posarse sobre la niña que gritaba y lloraba pidiendo auxilio, llamando a su madre una y otra vez. La carne se quemaba mientras el filo iba dejando una herida limpia por peso propio. “¡Alexa! ¡Alexa! Por favor… haré lo que me pida… por favor…”

Tras un par de minutos, los hierros volvieron a su color normal, pero no fueron retirados. “Cada vez que no elijas tú, elijo yo. Y el castigo lo recibirá ella”. Y la rueda volvió a girar. Esta vez, la mujer eligió con prontitud. Apenas la carta tocó sus dedos, la rueda quedó estática. Aún se escuchaban los gemidos y lamentos de la niña.

“Cuatro de corazón”. El instrumento fue introducido por el ano. La mujer gritó. Rookwood dio una vuelta. Dio otra. Y otras dos más. La sangre comenzó a manar del recto desgarrado. Los sollozos y gemidos de la madre se mezclaban con los de la hija. “Mamá… Mamá… Ayúdame…”

La rueda volvió a girar. “As de trébol”. Amaba el hilo y la aguja. De hecho, había sido una de las primeras armas que se le enseñó, por allí por los diez años cuando tras investigar mucho, logró unirse a La Canción Sin Fin. ¿Cómo sus padres podían preferir Los Antiguos? Él los odiaba. Eran estúpidos. Él, Augustus Rookwood, no. Él buscaría la partitura eterna junto a sus nuevos compañeros. Hallaría lo que muchos llamaron Piedra Filosofal, Elixir de la Vida, Fuente de la Juventud, El Dorado… Hallaría aquello que se buscó en vano en la sangre y que se profetizó en los antiguos manuscritos sagrados.

Cuando se separó, el párpado derecho estaba cosido a la ceja. La rueda giró. “Ocho de diamante”. Las dagas naranjas fueron sujetas a sus brazos. Cuatro en cada extremidad. El olor a carne quemada se metía en la nariz de la senadora. El dolor era imposible. Alexa lloraba. Ella gritaba. Suplicaba. “¿Cómo la encontraste?”, preguntaba insistentemente. No obtenía respuesta. “Se suponía que Los Antiguos la protegerían, que la llevarían al refugio… Nadie nunca ha podido penetrar los muros”.

La única respuesta que obtuvo fue girar nuevamente. No quería escoger. Las dagas le quemaban y cortaban, la pera le presionaba de manera dolorosa y desagradable por dentro. Las lágrimas se aglomeraban en sus ojos mientras intentaban que su ojo no se secase. “Cinco, cuatro, tres, dos, uno…”. Intentó coger una carta antes de que terminara la cuenta regresiva. No lo logró. “Cinco de corazón”

“¡No! Por favor… házmelo a mí… no a ella… por favor… ¡Alexa! ¡¡¡ALEXA!!!”. La desesperación le aceleraba el corazón. Rookwood se acercaba con otra pera a su hija. Debía pararlo, pero a cada movimiento solo se clavaba más las dagas en la carne. Aún no se enfriaban. El maléfico objeto que tenía en su interior la desgarraba a cada movimiento, a cada contracción. Pero no podía contenerse. Su hija… “¡¡¡ALEXA!!!”

La niña gritaba. Chillaba. Suplicaba por auxilio. La madre solo conseguía hacer sangrar sus muñecas, brazos e interior. Un oscuro líquido comenzó a manchar el suelo. La escasa luz apenas le permitía distinguirlo, pero era suficiente para acongojarla completamente. “¡Monstruo!” Pero no servía de nada. Entre los gritos de desesperación, se lo escuchaba cantar alegremente. “Uno no es ninguno, dos son muy pocos, tres comienza a ser placer, cuatro van cantando y cinco es perfecto para los chicos…”

Las lágrimas le empañaban la vista. No podía mirar. Pero no podía desviar el rostro. La chica aún chillaba y aún la llamaba cuando la rueda volvió a girar. Esta vez eligió rápido. No quería exponer a su hija. No nuevamente. Prefería morir.

“Diez de pick”. El hombre sonrió y se retiró a un rincón para recoger las astillas. Eran otras de sus favoritas. Sus padres habían gritado hermosamente cuando las aplicó a ellos. Los Antiguos les habían encomendado asesinarlo con solo quince años. Él se había defendido de maravilla. Quien no le creyese, podía ir a ver los señores Rookwood al cementerio.

La primera astilla entró bajo la uña del meñique izquierdo, arrancándole un grito de dolor. Automáticamente, retiró la mano lo más que podía, pero esto solo generó un golpe que le quebró más de un hueso. “Quédate quieta, o recibirás doble castigo”, y añadió; “Tu hija no se movía tanto”. Con un grito de rabia e impotencia, sintió cómo la segunda astilla entraba en su anular y luego otra en el dedo medular. Siguió con el resto de los dedos de ambas manos hasta llegar a diez. La rueda giraba. “Dos de corazón”. Se abría aún más la pera. La sangre que perdía por las hemorragias la agotaban. Sentía cómo la pérdida de sangre ele afectaba. Pero no podía darse por vencida. Su hija la necesitaba.

“¿Cómo nos encontraste?” “No fue difícil”. La rueda giraba. “Seis de trébol”. Seis puntos en el ojo izquierdo. “Nadie nos había encontrado. ¿Quién te dijo?” “Nadie”. Volvía a girar. “Jamás habían buscado en las faldas del Scafell”. Seleccionaba un Keiser de diamante. “Las montañas nunca fueron un buen escondite, pero ustedes no lo comprendían. Hace tiempo los espiamos”. Las dagas fueron colocadas en su torso. Chilló de dolor. Las lágrimas la inundaban de solo escuchar cómo su hija la llamaba. Una de las dagas atravesó su abdomen, quemándola por dentro, cortando y cicatrizando a la vez.

“Si muero, ¿La dejarás ir?”. No había respuesta. No quería pensar en lo peor. “Yo nunca miento”. Giraba. Corazones, tréboles, picas y diamantes. Su cuerpo no resistía. Estaba al borde del colapso. Varias de las dagas habían sido retiradas reiteradamente para calentarse y volver a profundizar la misma herida. Ya había perdido la cuenta de cuantas vueltas le había dado a la pera, pero estaba segura que ya no existía pared intestinal. Apenas podía mover las manos del dolor de las uñas, sus ojos estaban completamente resecos y su boca se hallaba semi sellada. Hace tiempo que se había resignado a escuchar a Rookwood. Alexa no había dejado de llorar ni llamarla en ningún momento.

Cada vez habían menos cartas a su alrededor. El hombre se acercó a elegir una carta cuando ella falló. La mujer lo miró con súplica y desesperación, tratando en vano de detenerlo.

“Jocker” “¡Alexa! No… por favor… no…” Pero fue en vano. La daga describió un arco fugaz antes de que la cabeza se desprendiera del cuerpo. El grito de desesperación fue aún más horrible al no estar acompañado de los llantos y súplicas de la niña. Los labios se desgarraron al abrirse pasando por alto los puntos que los unían. Las muñecas y tobillos comenzaron a sangrar profusamente al intentar liberarse. Las dagas cortaron la carne. La pera destrozó lo poco y nada que aún quedaba entero en su interior. Las astillas se hundieron aún más hondo. Pero nada importaba. Daba lo mismo si su garganta se desgarraba o si la madera se impregnaba de sangre. Solo importaba Alexa. Solo importaba la niña de ocho años que acababa de perder la vida por culpa de ella. “Tú eres más importante que el resto, ¿Cierto? ¿No es ese su lema?” Se mofó.

En ese momento, se prendió la luz para revelar trozos de trapo que envolvían una muñeca sin cabeza, que miraba burlonamente.

“Alexa… Ella está bien”, suspiró. Ella podía morir, pero su hija sobreviviría. Nada le habían hecho. Nada recordaría. “Todo está bien… todo está…” La sonrisa de Rookwood mientras se acercaba la detuvo. “Ellos ahora lo saben. Saben dónde está… Saben dónde se refugian…”

Y la daga perforó su pecho.

domingo, 10 de octubre de 2010

Pusaki Poesías

Pusaki Poesías es una revista virtual chilena reconocida a nivel internacional, increíblemente cotizada y de alta calidad. Cada tres meses, publican una recopilación de poesías y cuentos que pueden pertenecer tanto a vivos como a muertos, y los que se mueven en el campo literario siempre tienen en cuenta esta página.
Pues bien, ahora que ya saben de qué trata Pusaki Poesías, tengo el honor, agrado y orgullo de compartir con ustedes esta inmensa felicidad que me embriaga, ya que Pusaki Poesías ha publicado uno de mis escritos: Sola...
Si entran aquí podrán ver que se encuentra publicada la que encuentro una de mis mejores piezas literarias. ¿Cómo llegué hasta allí? En el colegio tenemos una profesora que nos hace Literatura Creativa. Al ver que poseíamos algo de talento, creamos entre todos un blog: Expressa-Arte. Allí, subí algunos de mis escritos y Paula (mi profe) habló con los directores de Pusaki Poesías (ya que anteriormente la habían publicado bastante) y les envió el blog... ellos revisaron los escritos y de pronto en esta revista de primavera me encuentro con que publicaron uno de mis escritos, junto con dos de mis amigas.
Así que los invito a que pasen y miren, que hay muchas cosas interesantes allí...

Saludos1

Trencito


¿Nunca has sentido que todo el universo parece confabulado? No, no me refiero a que todo se confabula en tu contra. Simplemente, todo está confabulado para que no logres escapar de lo que quieren que hagas, sea bueno o malo. Es como si al nacer te embarcaras en un tren que recorre el infinito de cabo a rabo, llevándote a cuestas. ¿Y la única manera de escapar? Pues saltando por la ventana y desterrarte de aquel mundo. Y eso ya es imposible por culpa de esos repentinos saltos que te impiden llegar a la ventana. Y de pronto, cuando te resignas a quedarte y le tomas el gusto, un nuevo salto te hace volar directamente fuera del vagón.

¿Conclusión? Pues que es imposible escapar por voluntad propia, porque el trencito te empuja hacia donde quiere con sus caprichosos brincos, pasando por alto tus intenciones sin consideración alguna. Simplemente, todo está tan fríamente calculado que es una estupidez tratar de oponerse a ello. No nades en contra de la corriente. ¿Desesperanzador?

Pero la verdad, es que por más macabro que suene no es tan terrible. Porque en aquellos vagones de constante movimiento también hay gente como uno, que a veces trata de escapar, que otras se conforma; y al final uno termina divirtiéndose con ellos. Es como cuando vas al colegio: te obligan a aprender, pero nadie te impide formar amistades y divertirte. Y a eso le llaman ver el vaso medio lleno. O un cuarto de lleno. O quizá menos… Pero eso no es lo que importa. Lo importante es apreciar que tenemos al menos media gota. Es mejor que nada, ¿No crees?

Pero si lo ves medio vacío, o tres cuartos vacío, o lo que sea… aunque esté lleno a rebosar (cosa que no creo que ocurra) seguirás viendo que “podría caber media molécula más”. ¿No es estúpido? Lo malo es que todos somos así. En mayor o menor grado, claro. Pero somos así esencialmente.

Como decía, el tren es demasiado quisquilloso como para dejar que veamos el mundo color rosa sin ningún mal. Después de todo, para algo sirven esos saltos: para deformar lo bueno. Pero nuevamente me voy muy al lado negativo. Porque los saltitos también pueden enderezar lo malo. Simplemente, los saltitos cambian realidades. Y esto puede ser bueno o malo. Nuevamente, depende si ves el vaso medio lleno o medio vacío.

¿Por qué existen injusticias en este vehículo eterno? Pues porque le gusta ponernos a prueba. Nadie es 100% inocente. Nadie es 100% puro. Nadie es 100% corrupto. Nadie es 100% malvado. Es como el negro y el blanco: una fantasía. Así que no me vengan con que alguien no se lo merecía. Aquí, todos nos merecemos lo que tenemos: solo es cosa de descubrir el motivo que nos acredita.

¿Y quieres saber algo más? –no, probablemente no pero no importa– en la vida no todo es felicidad y tristeza porque lo merecemos; muchas veces es felicidad y tristeza porque al trencito se le da la gana de ponernos a prueba, de ver si somos capaces de seguir bailando entre tantos saltos, de seguir conversando cuando amenaza con descarrilarse y si somos capaces de tomarlo todo con calma cuando serpentea entre colinas. ¿Entiendes? Puede que simplemente quiera ver como reaccionas, si lo logras superar. Porque si sobrevives, serás mucho mejor… y si no lo logras, tendrás que esmerarte mucho más para la próxima.

Solo esperemos que no decida lanzarte por la ventana por inútil.

Nah, no es para tanto. Solo digo que te tienes que esforzar, que no todo es un regalo/castigo divino. ¡Por favor! Dios fue creado por el hombre y a su semejanza. Porque sí, es posible que haya una fuerza que lo abarque todo mucho más allá del mundo dentro de los vagones y posiblemente controle al mismo trencito como este nos controla a nosotros… pero no tiene forma de señor de edad con barba que se pasea desnudo y que vive en las nubes rodeado por un séquito de ángeles con alas blancas, aureola y arpa. Tampoco es como que si compras una super máquina perforadora logres llegar al infierno con un diablo rojo con cuernos que se la pasa bailando carnaval. Y perdonen si ofendo, pero dudo que sea así.

Así que no hay un ser superior que te “mira” y te manda bajo tierra mediante una súper grieta aparecida de la nada.

Se tu mismo, sigue tus creencias y no te dejes engrupir por cualquier persona. ¡Pero tampoco la desprecies! Una religión, una creencia y/o una filosofía de vida se crea en base a muchas teorías distintas, tomando un poco de acá y un poco de allá… ¡No es más que cocinar y experimentar! Si te equivocas de receta, te envenenas y listo… Nah, no es así, solo estoy bromista. Toda receta se puede enderezar. La cosa es prestar atención a cual es el ingrediente que te falta e incorporarlo. Y no esperes obtener el mismo producto que el del horno vecino.

¿En qué iba? Ah, sí. Si lo haces mal, lo más probable es que aún lo puedas volver a hacer una y otra vez, hasta que lo logres. ¿Crees en la reencarnación? Yo sí, pero no como se plantea en todas partes. Tómalo como que cada vez que logras superar un objetivo, pasas al próximo vagón, acerándote cada vez más a la locomotora. Si de un brinco te lanzan por la ventana, ten por seguro que ese ente que controla todo te recogerá y te permitirá volver a empezar… eso sí, desde el vagón de más atrás. Esto es como el 1, 2, 3, momia es. Si haces algo mal, vuelve a intentar. Si le coges el truquillo (debe de ser uno bien escondido que no se dónde está) lo más probable es que vallas cómo avión… bueno, como avión no por que dudo que quepa dentro del tren…

En fin… no creo que esto tenga una estructura demasiado organizada. Simplemente, es un monólogo sin sentido (o quizá con mucho, quien sabe). Si estás leyendo aún, te recomiendo que comiences a ocupar tu tiempo libre en algo más productivo. ¿Te repito lo que siempre me dice mi papá? Deja en paz la filosofía barata.

En realidad, no se con qué cara doy esa recomendación (probablemente con mi cara de siempre, que no conozco otra) por que yo soy la primera en iniciar este tema… Pero bueno, mejor me voy antes de que te quedes dormido frente a la pantalla.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Poema II

.^.
`··´

Escribo lento
Muy lento

Y mientras escribo, pienso
Reflexiono
¿Qué significa lento?
Es una medida del tiempo
Pero, ¿Qué es el tiempo?
¿Para qué sirve?

Yo escribo lento
Y aprovecho el tiempo

Todos van rápido
Para aprovechar el tiempo
Y cuando tienen un poco de tiempo
Se apuran para aprovecharlo

Yo escribo lento
Y aprovecho el tiempo

Porque si voy rápido
Me enfermo
Igual que todos
Igual que tú
Uno se vuelve adicto
Solo quiere tiempo
¿Y qué es el tiempo?

Yo escribo lento
Y aprovecho el tiempo
Lo lento, da tiempo
Lo rápido, lo quita
Entre más rápido
Tenemos menos tiempo

Y cuando tenemos un minuto
Nos urgimos para aprovecharlo
Y no disfrutamos
Pensamos que queda poco
Nos perdemos
Nos desesperamos

Por eso, yo escribo lento
Y aprovecho el tiempo

.^.
`··´

lunes, 30 de agosto de 2010

Espejos


Espejos. Nada más que espejos. Después de esto, seguro que nunca más me acercaría a uno… si es que había un después. No quería volver a ver ese maldito vidrio en mi vida. Pero estaba condenada. Condenada a ver mi reflejo repetirse hacia el infinito, imitando mis movimientos, burlándose de mis cada vez más desesperados intentos por escapar. No me merecía esto, pero nadie me había preguntado si de verdad era lo que quería. Simplemente sucedió, y no lo pude evitar.

Estaba en mi hogar, un apacible refugio en el bosque. Amaba la naturaleza, y más cuando llegaba la época invernal, cuando los árboles quedaban desnudos y el suelo se cubría de nieve. De hecho, me encontraba admirando los frágiles copos que caían, arrastrados por el viento en su caída hacia el blanco colchón que ya habían formado sus hermanos, cuando sentí un golpe en la nuca y todo se oscureció.

Cuando amanecí, me sobresalté al encontrar frente a mí una muchacha, que tenía en su rostro pintada una expresión de sorpresa. Tardé algo así como un minuto en darme cuenta de que me encontraba frente a un espejo, y que la muchacha era mi reflejo. Algo aturdida, me pasé una mano por la nuca, sintiendo una costra bajo mis dedos. De golpe, volvieron a mí los recuerdos, y comprendí que alguien me había secuestrado.

Parándome con cuidado, sentí como mi cabeza daba vueltas y me apoyé en el vidrio para no perder el equilibrio. Cuando el mareo mitigó, me di la vuelta y descubrí que había más de un espejo… de hecho, el lugar en el que me encontraba parecía que ocupaba estos como muros. Dando un paso con cuidado, comprobé que mis fuerzas volvían, y me dispuse a explorar el lugar.

A cada paso que daba, comenzaba a entrar en mí un deseo de escapar, acompañado de la angustia de no saber en donde me encontraba. Todo a mi alrededor -las paredes, el suelo y el techo- eran espejos, y al golpear con los nudillos el sonido me indicó que estos debían ser el recubrimiento de gruesas murallas. Los pasillos eran a veces rectos, otros curvos y otros quebrados, siendo cruzados por otros pasillos. De pronto, me invadió una terrible certeza: me encontraba en un laberinto de espejos.

Comencé a correr desesperada, doblando en cualquier recodo, internándome en uno u otro pasillo al azar, desesperándome al verme atrapada. Y entonces ocurrió. Todo se volvió confuso. Las paredes se movían. Se cerraban tras mí. Se abrían por los costados. Cambiaban de ángulo. Me encarcelaban lentamente. Me guiaban hacia donde querían.

Tropecé. Me levanté presa del pánico. Seguí corriendo. Volví a caer. El espejo casi me aplasta. Logré escabullirme a rastras. Corro a ciegas. De vez en cuando miro hacia atrás. Veo que se abre un pasillo a mi costado. Me interno justo antes de que este se cierre nuevamente. Me paro en seco. Todo está a oscuras. Recién entonces me doy cuenta de que a través de los espejos brillaba luz. Los muros no eran del todo huecos. Un chirrido me distrae. Sigo corriendo a oscuras. No me puedo detener.

Siento como todo cambia a mí alrededor. Tanteo desesperada los muros. Encuentro una salida y me precipito por ella. No entiendo por que no hay luz. Tropiezo. Trato de levantarme pero vuelvo a caer. Estoy condenada. No hay salida. Una brillo. Logro escabullirme hacia él. Se cierra el pasaje por el cual pasé. Y aquí estoy.

Espejos. Nada más que espejos. Estoy condenada. Condenada a ver mi reflejo repetirse hacia el infinito, imitando mis movimientos, burlándose de mí. Me fijo en que mi cara está desfigurada por el terror. Solo entonces me doy cuenta de que los movimientos han cesado. Me permito un respiro. Examino la estancia. Me desoriento en el cuarto, pero me alegro de volver a ver. Inspecciono las paredes. Busco donde están los focos de luz. Busco saber como me iluminan desde fuera. La luz es pareja. No entiendo nada. Golpeo con los nudillos. Todo suena igual. Todo suena macizo. No hay salida. Ahora estoy atrapada.

Me dejo caer. Doy mi vida por acabada. No hay comida. No hay agua. Lloro de impotencia. Me acurruco contra una de las esquinas… y esta cede. Me paro asustada. Miro a mí alrededor. Las paredes vuelven a moverse. Se abre un nuevo pasillo. Dudo un instante. ¿Seguir corriendo como un animal acorralado, cayendo en un círculo vicioso hasta morir de agotamiento, o permanecer en mi lugar, siendo aplastada? Las paredes siguen acercándose. ¿Qué hacer? ¿Morir antes o después?

Espejos. Nada más que espejos. Que linda forma de morir.

domingo, 29 de agosto de 2010

Poema I

.^.
`··´

Cae en cámara lenta
Brilla y cae

Una gota
Es un indicio
Un principio
Un lamento

Brilla y cae
Cae y brilla

Rueda
Se desliza
Deja huella

Cae y brilla
Brilla y cae

No se detiene
Un ojo se cierra
Otra gota cae
Otro indicio
Otro principio
Otro lamento

Brilla y cae
Cae y Brilla

.^.
`··´

sábado, 28 de agosto de 2010

Presentimientos

Cuando hoy en la mañana me desperté, sin motivo alguno una sensación de pánico me llenó, y de inmediato no pude evitar pensar en madre. Hace ya tiempo que no la veía, y en el estado de saludo que la deje la última vez, me sorprendía que mi consciencia no me hubiese carcomido más.

Supongo, que lo adecuado sería contarlo todo desde el principio, pero me resulta demasiado doloroso recordarlo. Sobre todo, porque sé que fue mi culpa. Ya estoy cansado de escuchar una y otra vez que yo no pude hacer nada, porque la verdad es que sí podía hacer algo. Podía hacer mucho. Debí hacer mucho. Debería haber sido yo el que quedase sangrando en la calle, luego de que aquel auto salido de la nada omitiese la luz roja y provocase aquel terrible accidente.

¿Qué paso? Pues que era el cumpleaños de mi hermana Angeline, la pequeña Angeline. Ella, la alegría de la familia, que había nacido cuando ya no creíamos que madre fuese a tener otro hijo. Ella, la pequeña Angeline, la que nació cuando yo tenía veinte años y a la cual crié casi como una hija propia. La más queria de toda la familia. La más hermosa de toda la familia. ¡Ay, que triste y cruel destino que nos gobierna! Aquella debía ser la noche perfecta para ella, y terminó siendo un infierno. Una pesadilla de la cual aún no se si he despertado, y dudo que algún día logre despertar.

Todo parecía perfecto. Angeline, nuestra pequeña Angie, había soplado las quince velitas de su torta de chocolate, su favorita, y había desempaquetado sus numerosos regalos que toda la familia le habíamos traído. Y eran muchos, porque éramos una familia numerosa (mi madre con sus tres hermanos y su hermana, mi padre con sus tres hermanos y dos hermanas, mis cuatro hermanos y mis dos hermanas y todos nuestros primos, que sumaban en total diecinueve y nuestros abuelos y abuelas) y le solíamos hacer más de un regalo. Era nuestra Angie, y la mimábamos con todo lo que teníamos. Recuerdo que le regalé un oso panda de peluche y una pulsera azul, su color favorito, que tenía una piedra con un espiral grabado. Según había leído, el símbolo proporcionaba protección. ¡Ay! Temo que le regalé la pulsera a la persona equivocada. ¿Por qué no hice caso a mi mal presentimiento aquella mañana? Pero no saco nada con autoculparme. Ya no sirve de nada ver los signos que estaban claros como el agua, porque ya había sucedido la desgracia.

Cuando salimos del restorán, nos encontrábamos todos eufóricos por el éxito de la fiesta de nuestra Angie. Habíamos aparcado al otro lado de la calle, y nos disponíamos a cruzar. En el instante mismo en que madre puso un pie en la calle, me llenó nuevamente aquella sensación de pánico que había experimentado aquella mañana. Anonado, solo pude ver cómo ella cruzaba la calle, y en el instante mismo en que se encontraba al medio del paso peatonal, una camioneta negra pasó volando, arrollando a madre y dejándola inconsciente en el suelo, sangrando sin control.

Llamamos a una ambulancia y se llevaron el cuerpo de madre al hospital, donde lograron a duras penas reanimarla. La camioneta la ubicaron poco después, y el conductor fue arrestado por conducir borracho. Ni siquiera le adjuntaron la pena por intento de homicidio. El hecho de que no tuviera consciencia en su estado y que madre no hubiera muerto le salvaban de muchos años de cárcel. Pero eso no significaba que el bastardo no se los merecía. El muy idiota se había ganado una multa y una noche en la comisaría para que se le despejen las neuronas. Y luego, libre cómo un pájaro.

Pero ese no es el tema. Madre fue trasladada luego de un par de horas de la sala de urgencias, y ya habían pasado tres semanas desde el accidente. Estaba recuperándose asombrosamente bien, pero aún le quedaban unas semanas interna antes de darle el alta.

La pobre Angie quedó traumada luego de ver a madre a las puertas de la muerte, entre el filo del aquí y el más allá. No se separó en ningún momento de la cabecera de la cama que le asignaron a madre, y no pasó ni un solo día sin que llorase por lo sucedido. Yo deseaba ayudarla, ya que era su hermano mayor, pero la culpa me impedía acercarme al hospital. Era mi culpa. Lo sabía. Había sabido desde un principio de que algo malo sucedería aquel funesto día, había sabido desde un principio que algo no estaba bien cuando madre puso un pie en la calle para cruzar, lo había sentido desde un comienzo, pero no había sido capaz de impedir que el accidente ocurriese. ¿Cómo dormir con la consciencia tranquila sabiendo que todo había sido mí culpa?

Y ahora, ese maldito sentimiento me volvía a llenar el pecho, haciendo que quisiese correr desesperadamente sin una meta fija. Me levanté de un salto, dispuesto a no cometer nuevamente le mismo error. Se me había avisado antes, pero yo no había hecho caso. Se me avisaba ahora, y no iba a perder mi oportunidad ni permitir que algo malo sucediese nuevamente.

Me puse unos pantalones y una camisa al azar, junto con unas zapatillas que, sin motivo aparente, me hicieron recordar que había sido Angie la que me las había regalado, diciéndome que “Nunca te cansas de correr de un lado al otro. Pareciese que siempre te falta el tiempo”. Y valla que ahora me faltaba el tiempo. Corrí escaleras abajo de mi departamento, ya que el maldito ascensor estaba malo, pero cuando salí a la calle, me invadió la duda. ¿A dónde debía ir? ¿Quién era el que estaba ahora en peligro? Decidí llamar uno a uno a cada miembro de mi familia, rogándoles que hoy no saliesen de casa pues tenía un mal presentimiento. Ellos, como sabían sobre mi anterior premonición sobre el accidente de madre, me aseguraron que se quedarían en donde estaban. Aquello me alivió, hasta que me di cuenta que había una sola persona a la cual no pude ubicar. O mejor dicho, a dos: Angie y madre.

Corrí desesperadamente hacia el hospital, sin tener tiempo de parar siquiera un taxi. Llegué allí en poco tiempo, ya que viví cerca del edificio. Una vez dentro, pregunté por la habitación de madre, ya que al no haberla ido a visitar, no sabía en donde estaba. Corrí escaleras arriba, pues me di cuenta de que el ascensor era muy lento. Cuando llegué a su habitación, abrí de un portazo, y me encontré con la escena que esperaba con todo mi corazón hallar: Angie sentada a la cabecera de madre, hablándole de trivialidades para distraerla. La risa de ambas fue cómo un regalo de Dios, y me precipité sobre ambas, abrazando fuertemente a Angie y luego a madre. No cabía en mí del alivio.

Entre agradecimientos por encontrarlas a salvo, les comenté de mi mal presentimiento, y luego me dispuse a hablar con madre (cosa que debí hacer hace ya mucho tiempo). Todo parecí salir perfecto, y nos pasamos horas hablando y riendo los tres. Cuando le trajeron el almuerzo a madre, Angie y yo decidimos salir de la habitación para dejarla descansar, y ya que ninguno había traído almuerzo, bajamos a la cafetería a comer algo.

Comimos, reímos, y me olvidé de mis temores. Mientras me contaba de cierto enfermero guapetón que andaba por ahí, entre desaprobaciones mías y risas suyas, me fijé de repente en que no llevaba la pulsera que le había regalado. Cuando le pregunté por ella, Angie simplemente me dijo que se la había prestado a madre, pues consideraba que ella la iba a necesitar más. No sé por qué, pero en aquél momento me sentí preocupado. Quería que Angie tuviese la pulsera, pues no quería que nada le pasase. Pero ella tenía razón. Madre la necesitaba más y, después de todo, estábamos en un hospital. ¿Qué nos podría pasar?

Así que cuando terminamos, decidimos subir nuevamente para no dejar a madre sola. Y en el momento mismo de que ambos pusiésemos un pie en las escaleras, el pánico me invadió de nuevo. Aterrorizado, paré a Angie y ambos decidimos subir por el ascensor, pero nuevamente le pánico me dominó. No podíamos subir. Intentamos con otras escaleras, y otros ascensores, pero siempre me entraba el mismo pánico. Al final, Angie se hartó y decidió subir por una escalera al azar. El terror me invadió y le rogué que no siguiese subiendo, al punto de yo mismo arriesgarme e intentar seguirla. Pero ella ya me llevaba la delantera, y cuando yo apenas había alcanzado a subir unos peldaños y ella ya estaba por llegar arriba, el tiempo se paró.

Con dolor recuerdo aquellos instantes, en donde sin poder hacer nada veía como de la nada, un esquizofrénico que estaba hospitalizado y supuestamente sedado se había escapado y, en su desesperación por huir, empujó a Angie a un lado. Ella, perdiendo el equilibrio, rodó por la escalera, mientras en uno de los rebotes el desagradable sonido de un hueso al quebrarse llegaba a mis oídos.

Inmediatamente después, llegaron los médicos atendiendo a mi pequeña Angie que yacía entre mis brazos, bañada por mis amargas lágrimas. Nuevamente, lo había sabido. Nuevamente, lo podría haber evitado. Nuevamente, todo fue mi culpa. Esta vez, no fue madre. Esta vez, fue el ángel que iluminaba mi vida. La pequeña Angeline, la dulce y pequeña Angie, la alegría de la familia, la más querida y consentida de todos.

Ella estaba muerta. Lo supe cuando llegó a mis brazos, en medio de una oleada de desesperación y desazón. Luego supimos que, al caer por las escaleras, se había quebrado el cuello y golpeado en la cabeza, produciendo un derrame cerebral. Nada pudieron hacer los médicos, pues según dijeron, ella murió en el acto. Nuestro único consuelo, era que había sido una muerte sin dolor. Menudo consuelo. Era cómo que te quemaran la casa que aún no habías terminado de pagar y que no tenía seguro y te dijesen que por suerte, aún no había pasado el cartero, y que por lo tanto no se habían quemado también las cartas de aquél día.

¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser yo el responsable de su muerte? Me dijeron que no fue mi culpa, que yo no podía prever que un esquizofrénico que se suponía que estaba sedado y en un estado de casi muerto se escapase y eligiese justo aquellas escaleras para bajar. Que tampoco fue mi culpa el no detener a Angie, pues ella sabía de mi presentimiento y aún así me había desobedecido. ¿Y si hubiésemos tomado otra escalera? Probablemente hubiese sido otro paciente el que se saliese de control y empujase a mi hermana escaleras abajo. ¿Y si hubiésemos subido por un ascensor? Probablemente se hubiese caído o algo así. Sea como sea, ella hubiese muerto. O eso decían. Yo sabía la verdad. Se me había avisado. Todos los signos habían estado allí. Yo había vestido algo que me había regalado madre cuando había ocurrido el accidente, e igual que esta vez, había recordado lo que me había dicho. Y había tenido esa preocupación al ver que Angie no llevaba la pulsera. ¿Por qué me preocuparía si no fuese que ese día, Angie debería haber tenido su pulsera puesta? Y había experimentado el pánico cuando ella pisó esas escaleras, y no la había podido detener.

Todo era mi culpa. Igual que la otra vez, solo que esta vez, había estado preparado. Había estado sobre aviso, porque ya sabía lo que significaban los distintos signos. ¿Y qué había hecho? Ver como Angie subía las escaleras, ver como la pequeña Angie era empujada por el esquizofrénico y rodaba escaleras abajo, hacia su muerte, y sobre todo, tener a Angie en mis brazos mientras la vida le abandonaba. Eso era todo lo que había hecho.

Cuando madre había sufrido el accidente, me pareció que me encontraba inmenso en una pesadilla, de la cual aún no estaba seguro de haber salido, y de la cual no sabía si iba a lograr salir alguna vez. Ahora, que el cuerpo de la pequeña Angie descansaba sin vida entre mis brazos, supe que ya no iba a poder salir de la pesadilla. Porque estaba destinado a cargar con el peso de la muerte de nuestra pequeña Angeline sobre mis hombros. Porque solo yo la había podido detener, y la había dejado caminar hacia su muerte. Y al sostener el cuerpo de la que fue la más alegre de la familia en mis brazos, supe que no sería la última víctima de mis presentimientos. Y que al igual que las primeras dos veces, con madre y Angie, no podría evitarlo a pesar de tener todas las posibilidades.

domingo, 8 de agosto de 2010

Drogadicto...

Las lágrimas corrían por su rostro. No podía evitarlo. Había fallado. Otra vez. Y lo peor de todo, es que no había sido la primera. Y tampoco sería la última. No podía evitarlo.

Aspiró con fuerza, introduciendo la droga en sus pulmones. Enturbiando su mente. No quería pensar. No quería escuchar. No quería vivir. Pero suicidarse no era opción. ¿O sí?

Hazlo -Dijo aquella voz de su mente- Hazlo y le harás un favor a todos.

Volvió a inhalar. En vano trató de que él desapareciese. Lo odiaba. No lo soportaba.

Pero si me odias a mi -Objetó la voz- ¿Qué queda para ti?

Lo odiaba. A él. Y a si mismo. Maldición, él siempre sabía donde lanzar sus pullas. Se encargaba de ser un feliz recordatorio de todos sus errores. No lo soportaba.

¿En serio? ¿Tan mala es mi voz? Pero si yo creía que nos estábamos llevando tan bien...

Fumar. Eso era lo único que lo mantenía lo suficientemente poco lúcido como para no llegar a suicidarse. La voz tenía razón. Quizá suicidarse fuese lo mejor que haría en su vida. Pero no podía. Se había enamorado y la había condenado a ella. Y por más que quisiese, ya no podía pensar en acabar con su vida sin sufrir pensando que la abandonaría. La extrañaría demasiado donde fuera que fuese.

Pero ella no te extrañaría. Tu y yo lo sabemos. No después de lo que hiciste.

Fumar. No imaginaba vivir sin su dosis diaria de droga. El dolor y el arrepentimiento eran mil veces mejores si todo te daba vueltas y pensar es algo demasiado abstracto. Pero no desaparecía. Y él se encargaba de recordárselo. Sus errores. Todo lo que no había hecho. Lo que no había sido. Lo odiaba.

Ya sabes que hacer para que me valla.

Sí. Lo sabía demasiado bien. Pero no iba a hacerlo. ¿O sí?

Hazlo y me iré.

Fumó. Con desesperación. Creía recordar que había que resistirse. Pero pensándolo mejor, ¿Por qué no? ¿Qué podía ser peor que la voz de él? Sin él, podría volver a empezar. Olvidar sus errores pasados. Intentar vivir mejor.

Hazlo.

Su mano se dirigió hacia el cajón de su cómoda. Sabía lo que había allí. Lo había comprado hace tiempo. Se había estado resistiendo. Pero ya no había nada que pudiese empeorar.

Hazlo.

Se trasladó al baño de su pieza. Ya no rodaban las lágrimas. Luego sufriría por su amor. Ahora tenía un asunto que atender. Preparó la heroína. Llenó la jeringa y se la clavó en el brazo. No se preocupaba. Nada podría ir peor. Vació la jeringa en su vena. La droga lo golpeó con fuerza. No estaba preparado. Pero había conseguido lo que quería, ¿No?

La risa de él resonó en su mente. Suave al principio. Luego estrepitosa. Se reía de él. De su estupidez. Y entonces lo comprendió. El engaño. Había caído. Igual que la primera vez. Igual que cuando había empezado con las drogas.

¿De veras crees que te dejaría toda la diversión a ti? ¿De veras creías que el deshacerte de mi te dejaría libre?

Se había dejado engañar. Otra vez. Era un círculo vicioso del que ya no sería capaz de salir. Por que él siempre lograba hacerlo caer.

Y de pronto tuvo la certeza de que él ya tenía todo planeado. Que no había sido el primero en caer. Y desde luego, tampoco el último.

Y mientras la droga lo tomaba rápidamente, supo con certeza de que había fallado. Igual que le falló a ella. Igual que le falló a todos. Igual que seguiría fallando.

Por que era un maldito drogadicto...

sábado, 31 de julio de 2010

Historia de una Mosca


Hoy en la mañana por fin sali de mi "empupscion", mis padres me habían dejado como larva en un trozo de carne donde he comido y crecido. Al mirar a mi alrededor me doy cuenta que me encuentro en un basural… ¡que buenos padres tengo!, en medio de mi felicidad, veo una hamburguesa a medio comer y una botella de Coca-Cola que aún tiene algo de bebida, y dando gracias a dios por tener unos padres tan preocupados por mi, me dispongo a comer mi desayuno.

Luego de comer, vislumbro un camión de basura, y picada por la curiosidad me dispongo a seguirlo para ver adonde va.

Después de volar un rato, mientras pasaba cerca de una plaza, me llega un olor exquisito y olvidándome del camión de basura me apresuro a ir al lugar de origen de aquel olor cautivador, y al llegar al lugar, me doy cuenta que es… ¡caca de perro! Y feliz de la vida me dispongo a comer mi almuerzo con otras mosquitas que han venido a darse un festín.

Luego del almuerzo, decidí hacer una siesta para luego explorar la plaza, y mientras iba volando por ahí… ¡PAF! Una hoja de diario me golpea y me deja mareada, y al volver en mi, miro el titular… "Estudios científicos demuestran que las moscas solo viven un día"… ¡¡¡horror!!! ¿Mi vida se acabara en algunas horas?.

Mareada por el shock entro en una casa por una ventana abierta, allí todos se ponen a gritarme como locos, pero en mi deprecion no me doy cuenta, hasta que alguien agarra un matamoscas y ya es demasiado tarde.

Estaba equivocada, no me quedaban horas de vida, sino minutos y segundos.


~Esta historia ganó el tercer lugar en un concurso literario de mi colegio. Puedes ver el diploma pinchando aquí.~